Una mariposa gigante me quería comer, y yo corría y corría para que no me agarrara, y cuando estaba a punto de comerme, ¡zas!, me desperté. Juliana tiene cinco años y adora las mariposas. Cuando ve una en el campo, la pone en una de sus manos, pide un deseo y le canta eso de "Cuéntame los dedos y échate a volar". Pero la mariposa de sus sueños tiene poco de adorable: "Era horrible, ¡tuve mucho miedo!", dice Juliana cuando se lo cuenta a su mamá a la mañana siguiente.
El desagradable "corré que te agarro"
Miedo, angustia, transpiración y taquicardia a veces... Si algo define a una
pesadilla es, precisamente, la sensación desagradable que deja al despertar. El animal más inofensivo o el objeto más trivial aparecen caracterizados para infundir miedo y, con frecuencia, listos para jugar con el inconsciente al Corre que te agarro.
Si a los adultos un
mal sueño nos deja un gusto tan amargo, es fácil comprender que a los chicos, con menos recursos para racionalizar sus miedos (soñados o reales), les haga pasar un mal momento.
¿Por qué aparecen las pesadillas?, ¿a qué edad son más frecuentes?, ¿qué hacer cuando aparecen en las noches de nuestros hijos?
Todos
los niños tienen alguna que otra vez
sueños para morirse de miedo (como ellos dicen): uno de cada cuatro, más o menos. Aparecen a partir del segundo año de vida y suelen ser más frecuentes entre los dos y tres años, pero están presentes durante todo el ciclo onírico del ser humano. Cuando la mente traspasa el umbral del sueño, el cerebro sigue trabajando: clasifica y asimila la información recibida durante el día. De este proceso surgen los sueños.